Arte, memoria y democratización. Notas a propósito del Proyecto de Ley General de Museos en Perú

Por Josimar Castilla

El viernes 11 de junio, el Congreso de la República aprobó el texto sustitutorio de un dictamen de Proyecto de Ley General de Museos[1] (en adelante, PLGM), promovido desde la Comisión de Cultura. En general, se propone establecer un marco legal para regular las actividades museísticas llevadas a cabo por entidades públicas o privadas. Desde que se conoció la intención de promover esta ley, varios representantes del sector han mostrado su desacuerdo, sobre todo, ante lo establecido en el Título III, acerca de la potestad fiscalizadora y sancionadora de los museos y sus actividades por parte del Ministerio de Cultura y el Sistema Nacional de Control.

Entre la versión del texto sustitutorio y la propuesta original[2] (que se presentó el 9 de febrero de este año), se aprecian cambios importantes. Pero hay aspectos relativos a las sanciones con que se busca regular las actividades museísticas que, no obstante, aún resultan polémicos y preocupantes. Aunque no sea este el lugar para un análisis integral del PLGM, es importante llamar la atención sobre los aspectos mencionados, porque ameritan, por lo menos, una discusión pública más amplia en relación con el papel que atribuimos a las instituciones museísticas, así como a las actividades artísticas y culturales que promueven, en el contexto de la formación de la memoria histórica y de una ciudadanía democrática.

I

En el artículo 30 del PLGM, dedicado a las infracciones administrativas, se considera como infracciones muy graves las siguientes:

f) La implementación de exposiciones y/o la ejecución de actividades que busquen tergiversar la verdad de los hechos o situaciones pasadas, con el fin de modificar maliciosamente la memoria colectiva de la ciudadanía.

g) La implementación de exposiciones y/o la ejecución de actividades relacionadas a una apología al terrorismo (alabanza, defensa o justificación).

Las sanciones van desde multas hasta la suspensión o retiro del Registro Nacional de Museos e Instituciones Museales. Por otra parte, en la Disposición Complementaria Final se lee:

Prohíbase la implementación de exposiciones y/o la ejecución de actividades relacionadas a la apología al terrorismo (alabanza, defensa o justificación) en el ámbito de los museos e instituciones museales.

Las exposiciones y/o la ejecución de actividades relacionadas a relatar, interpretar o recrear situaciones debidamente comprobadas en relación al terrorismo, son legales siempre y cuando tengan como fin el explicar e informar a la población sobre lo lesivo que fue la actividad terrorista en nuestro país, tanto en la vulneración de los derechos humanos, así como poner en riesgo el modelo democrático de la República del Perú.

Se trata de los únicos pasajes dedicados a la regulación y sanción de contenidos de muestras y exhibiciones en museos e instituciones culturales. No obstante, llaman la atención los criterios a partir de los cuales se pretende fiscalizar dichas actividades. Por ejemplo, si leemos el inciso f del artículo 30, ¿a qué “verdad de los hechos” se nos hace referencia? ¿De qué hechos o situaciones pasadas estamos hablando? ¿Se trata de cualquier hecho, de cualquier situación del pasado? De ser así, quizá no tendrían las artes mucho margen de acción. En todo caso, ¿cuáles son esos hechos que parecen guardar una relación esencial e intransigente con la memoria colectiva de la ciudadanía? Pero más aun, ¿qué cosa debemos considerar como una “modificación maliciosa” de la memoria colectiva, en el contexto de las intervenciones estéticas que caracterizan a las artes y las exhibiciones en museos y espacios similares?

Si ya para la reflexión filosófica y científica la verdad puede ser una cuestión muy difícil de abordar, puede resultar incluso más problemático hablar de “verdad” a propósito de prácticas y espacios donde la imaginación también puede expresarse en formas irónicas, que no se supeditan ―ni tienen por qué hacerlo― a los límites de la lógica o a la evidencia que atribuimos a los hechos. ¿Se ha reflexionado lo suficiente sobre la relación, no poco problemática, entre arte y verdad? Ahora bien, al margen de la especulación filosófica, y aun tratándose de incisos independientes, el problema de exigir respeto irrestricto a la “verdad de los hechos” parece tomar una forma más concreta cuando, en el inciso g del mencionado artículo, el PLGM hace mención del delito de apología del terrorismo. Algo semejante ocurre cuando, ya en la Disposición Complementaria Final, se condiciona la legalidad de las obras y exhibiciones que aborden temáticas relativas a la actividad terrorista en el país y sus efectos lesivos.

II

¿En el Perú hay un marco legislativo para regular y sancionar delitos de apología del terrorismo? Mientras las legislaciones contra el terrorismo han ido aumentando exponencialmente a nivel internacional tras los ataques del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York, en Perú las leyes contra este delito ya venían desarrollándose desde finales del siglo pasado. El delito de terrorismo está tipificado en el capítulo II del Título XIV del Código Penal y en el artículo 2 del Decreto Ley 25475. Es, precisamente, en el artículo 7 de este DL donde se determina la apología del terrorismo como un delito independiente[3]. Vale recordar que este artículo fue objeto de una demanda de inconstitucionalidad aceptada por el Tribunal Constitucional en el año 2002 (caso Tineo Silva), debido a que, entre otras cosas, no describe con precisión qué se debe entender por apología[4]. Por otro lado, desde la modificación del artículo 316 del Código Penal en 2017[5], se ha hecho una distinción entre “Apología” en general y “Apología del delito de terrorismo” en particular, especificándose que esta consistiría en la “exaltación, justificación o enaltecimiento” de dicho delito o de su autor, siempre que este tenga una condena con sentencia firme. No obstante, como ha señalado el Centro de Estudios en Libertad de Expresión y Acceso a la Información (CELE) de la Universidad de Palermo, esta nueva normativa, aunque se propone una descripción más específica del delito, “conlleva una restricción muy grande a la libertad de expresión”, ya que se trataría, según se señala, de una medida desproporcional que restringe la libertad de la ciudadanía para emitir opiniones sobre el funcionamiento del Estado. Así, por ejemplo, la opinión crítica de una persona ante un sistema de justicia que eventualmente, pero sin contar con razones suficientes para ello, determinara cierta conducta como punible por terrorismo, podría ser considerada como una opinión que pretende justificar dicha conducta y que, por tanto, debiera ser castigada por apologética[6].

Todas estas modificaciones en la ley responden a que, por lo menos hasta hoy, no parece haber suficiente claridad o un consenso jurídico nacional e internacional sobre qué es apología del terrorismo o qué clase de conductas y acciones corresponden a este delito. Aunque estas líneas no pretenden ningún análisis jurídico al respecto, es pertinente mostrar que ya hay un marco legal para regular el delito de apología del terrorismo (aun con la discusión que pueda haber sobre su tipificación y aplicación). De modo que no queda claro por qué el PLGM incluye y se complica con esta problemática punitiva, cuando pudiera concentrarse en proponer medidas para reforzar la institucionalidad de los museos a nivel nacional, para que sirvan como espacios en los que la memoria colectiva se articule no solo en función de las narrativas oficializadas, sino a partir de la confluencia y el intercambio libre de trabajos, testimonios e investigaciones de tipo artístico, histórico y cultural.

Al respecto, como ha señalado Pedro Pablo Alayza[7], vale recordar que los museos en el Perú se rigen por el marco ético estipulado por el Consejo Internacional de Museos (ICOM) de la UNESCO, del cual nuestro país es signatario. Entre los documentos del ICOM que establecen las normas para la comunidad museística mundial, vale destacar el Estatuto Internacional de Museos Conmemorativos, cuyo primer punto señala que:

Una cultura conmemorativa conjunta no puede y no debe ser dictada por decreto. Debido a la gran diversidad de experiencias históricas, los museos dedicados a la memoria deben aceptar la coexistencia de diferentes imperativos conmemorativos que se dirigen a culturas conmemorativas pluralistas. Las instituciones deben estar diseñadas para fomentar la cooperación en lugar de la competencia, la cual puede llevar a una lucha por la dominación[8].

En ese sentido, podría decirse que lo dicho en la Disposición Complementaria del PLGM incurre en un problema a propósito de los conceptos de historia y verdad que exige respetar. Si se dice, por ejemplo, en el contexto de lo que pretende ser una ley, que la “verdad de los hechos” es que el terrorismo fue la causa de la crisis del sistema democrático y de la vulneración de derechos humanos en nuestro país, se corre el riesgo de juzgar la verdad histórica desde una perspectiva no incorrecta, pero aún parcializada. Es innegable la responsabilidad de los grupos terroristas en crímenes atroces e injustificables contra la población peruana; no obstante, hay que entender la problemática de la violencia sufrida por el país entre los años 80 y 90 en el marco del Conflicto Interno Armado. Aunque siempre será justo denunciar las crueldades y los crímenes de los grupos terroristas, no se puede caer en la interpretación que dice que solo fueron estos, exclusivamente, los responsables de la tragedia nacional, sino que se debe reconocer también la responsabilidad del Estado, de sus agentes políticos y militares, a la luz de las investigaciones realizadas y los testimonios de los principales afectados por la violencia. De lo contrario, se corre el peligro de comprender lo sucedido de manera unilateral e insuficiente. ¿O es que todavía se trata de un tema incómodo, que es mejor no tratar y no recordar? Tal vez sea así, teniendo en cuenta el número de obras que han sido censuradas, desde el año 2000 en adelante, bajo la acusación de tergiversar la verdad o de hacer apología del terrorismo al haber hecho visible la violencia cometida por el Estado[9]. Esto resulta más preocupante si se tiene en cuenta el aumento inescrupuloso de campañas y discursos de “terruqueo” en nuestro medio. En un momento en el que varias personas que trabajan en actividades artísticas y culturales están siendo objeto de diversas formas de persecución y violencia, acusadas maliciosamente de favorecer el terrorismo debido a sus posiciones políticas, medidas de censura como las que propone el PLGM echan a perder el potencial de los espacios museísticos para la restauración de la vida democrática en nuestro país. Por el contrario, parece haber aquí una actitud paternalista que cabe cuestionar, en aras de emanciparnos de formas represivas de la ley que se agotan en decirnos qué y cómo debemos pensar y recordar lo que hemos vivido como nación.

III

Las versiones engañosas de la historia abundan. Tampoco escapan de ello las versiones institucionales, cuando responden al interés, la comodidad, la mala conciencia o el mero gusto de personas o grupos particulares. Una mejor forma de aproximarnos y ser partícipes de lo que podría concebirse como la verdad de la historia, de nuestra historia, es la crítica de las versiones que hemos aceptado (o que buscan imponerse) como verdades fijas. Para ello es importante la confrontación con versiones que con justicia insisten sobre los aspectos más trágicos de nuestra realidad histórica, que muchas veces nos resistimos a ver y a aceptar como acciones que efectivamente ocurrieron, pero que también debemos saber recordar.

Hablar de memoria colectiva en Perú, sobre todo en relación con nuestras experiencias de violencia, es asunto serio y muy doloroso todavía. Pero debido a su importancia para la formación de la identidad y la ciudadanía, y en el marco de las exigencias de reconciliación nacional, vale decir que la memoria colectiva es una actividad que trasciende la rigidez de los límites institucionales. No tiene autor, se nutre de relatos y discursos a veces dispares, porque se construyen y se narran desde posiciones que pueden ser también radicalmente diferentes. Dicha memoria es, en ese sentido, una suerte de patrimonio común: un saber que es de todos y no es de nadie ―esto es, un saber que, si no es de todos, no es realmente de nadie. Si la memoria colectiva es la acción conjunta por la cual un pueblo se asegura el recuerdo de su pasado, para ganar una identidad en el presente y proyectar una vida hacia futuro, resulta claro que se arruina cuando es impuesta en la forma de una versión oficial, acabada, que debiéramos acatar al margen de toda discusión pública. Con ello, por el contrario, se corre el riesgo de convertir la historia en una imagen ideológica, dogmática y autoritaria sobre lo ocurrido a la nación en su conjunto; el riesgo de atentar contra la memoria de un país que ha creado muchas formas y muchas lenguas para expresar sus historias. Tal vez debiéramos concebir la memoria colectiva como una viva y abierta reconstrucción de la historia; con ello, a su vez, las instituciones museísticas deberían pensarse como espacios que deben promoverla, no prohibirla o coaccionarla a visiones particulares.

La memoria colectiva no está constituida de la sola retención de “hechos”. Es memoria viva, pues responde también a necesidades creativas de distintas épocas y generaciones. Incluso es equívoco pensarla como “una” memoria, impuesta y regulada por alguna institución; pues que sea colectiva quiere decir que aúna muchas voces, distintas versiones y tonalidades que buscan representar, conmemorar o recordar lo ocurrido. En ese sentido, sería bueno aceptar que la memoria vive entre contradicciones radicales y que, consiguientemente, las versiones particulares de la historia ―las que un autor publica en un libro o las que un proyecto artístico instala en un museo― son resoluciones temporales, pero también necesarias, de esas tensiones inherentes a nuestra acción, nuestra conciencia y nuestra memoria.

La vida de esa memoria está también en las conversaciones y las discusiones que, una y otra vez, podemos reavivar con ocasión de una obra o una exposición. En ese sentido, podría decirse que las muestras museísticas, las expresiones artísticas y culturales que tematizan cuestiones históricas, como el Conflicto Interno Armado, son espacios de descubrimiento, donde lo que creíamos saber puede encontrar la ocasión de verse confrontado por las demandas de aquello que no conocíamos, pero que también posee una historia. Son espacios donde la verdad se nos revela sensible y emotivamente. La verdad no está en los hechos, sino en las revelaciones transformadoras de lo que creíamos saber. La censura contra los museos, contra lo que las obras y las exhibiciones pueden decir o no sobre lo ocurrido, priva la libertad de este necesario trabajo colectivo, priva la posibilidad de construir críticamente nuestra identidad como un pueblo que quiere ser más democrático.

Así, pues, el PLGM muestra en su propia propuesta problemas que urgen ser atendidos para bien del país, como la necesidad de reafirmar y defender la libertad no solo para opinar y hacer valer intereses personales, sino para pensar críticamente, sin que se nos reprima por ello, con el propósito de construir una memoria colectiva más democrática, más veraz, que se manifieste en historias, imágenes y expresiones culturales en las que no perdamos el deber imperativo de ser honestos con nosotros mismos, para poder afrontar solidaria y reflexivamente todas las heridas que, claramente, aún siguen abiertas. Una Ley General de Museos debería preocuparse por concebir y fortalecer las instituciones artísticas, culturales y museísticas como espacios acondicionados para el desarrollo de una libre imaginación creadora; espacios donde las interacciones humanas tomen la forma de experiencias estéticas orientadas a contribuir en la formación y el fortalecimiento de la libertad, la ciudadanía y la memoria histórica. Para ello, es necesario, además de un financiamiento adecuado por parte del Estado y entidades privadas, asegurar en dichos espacios condiciones para el diálogo abierto y la reflexión crítica. De esta manera puede reconocerse y justificarse la necesidad de dichos espacios para la sanidad de la vida democrática, la misma que, por el contrario, resulta vulnerada cuando se pretende limitar con una ley la creatividad y la reflexión, sancionando todo aquello que no se ajuste a una “verdad de los hechos” impuesta al margen del diálogo respetuoso, libre y solidario.


[1] Congreso de la República. (2021, 11 de junio). Texto sustitutorio del Proyecto de Ley General de Museos. https://leyes.congreso.gob.pe/Documentos/2016_2021/Texto_Sustitutorio/Proyectos_de_Ley/TS02456-20210611.pdf

[2] Congreso de la República. (2021, 9 de febrero). Proyecto de Ley 7060/2020-CR. https://leyes.congreso.gob.pe/Documentos/2016_2021/Proyectos_de_Ley_y_de_Resoluciones_Legislativas/PL07060-20210209.pdf

[3] Presidencia de la República. (1992, 5 de mayo). Decreto Ley 25475, “Establecen la penalidad para los delitos de terrorismo y los procedimientos para la investigación, la instrucción y el juicio”. https://idehpucp.pucp.edu.pe/images/docs/terr_d_ley_25475.pdf

[4] Sentencia 010-2002. (2003, 3 de enero). Tribunal Constitucional. https://www.tc.gob.pe/jurisprudencia/2003/00010-2002-AI.html

[5] Congreso de la República. (2017, 23 de junio). Ley 30610, “Ley que modifica el artículo 316 e incorpora el artículo 316-A al Código Penal, tipificando el delito de apología del terrorismo”. https://busquedas.elperuano.pe/normaslegales/ley-que-modifica-el-articulo-316-e-incorpora-el-articulo-316-ley-n-30610-1545774-2/

[6] CELE. (2018). Tendencias en libertad de expresión en Perú. Universidad de Palermo. https://www.palermo.edu/cele/pdf/Libertad_de_expresion_en_Peru.pdf

[7] Escribano, P. (2021, 16 de junio). El congreso aprobó ley mordaza para museos. La República. https://larepublica.pe/cultural/2021/06/16/el-congreso-aprobo-ley-mordaza-para-museos/?ref=lre

[8] Estatuto Internacional de Museos Conmemorativos. https://www.holocaustremembrance.com/es/node/245

[9] Loarte, R. (2020). Memorias incómodas en la sociedad peruana de postconflicto. Censura y persecución en el arte por la memoria histórica entre los años 2000 a 2018. Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea, (12), 191-211. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/RIHALC/article/view/28630

Créditos de la imagen: Edilberto Jiménez, Abuso de las mujeres en Chungui (fuente: http://jimenez.website/)

«Firme y feliz por la unión» revisited

Por Julio Marchena

Si Vladimiro Montesinos presentara su libro de memorias en el siguiente Hay Festival de la Ciudad Blanca por zoom, tal vez no sorprenda la presencia de su paisano Mario Vargas Llosa como presentador. A estas alturas, así como algunos tememos que cualquier cosa pueda pasar en el ámbito político nacional, no debería sorprendernos que quien fuera uno de los intelectuales más importantes del país termine por convertir sus últimos tiempos recios en simplemente necios. Lo que sigue sorprendiendo es el cariño de sus allegados que no le han increpado públicamente su entusiasmo fujimorista (hoy podría ser llamado incluso ‘fujimontesinista’) tal vez no solo por una supuesta lealtad y respeto a su trayectoria literaria sino por ese renovado espíritu tolerante que surgió en la segunda vuelta según el cual a los votantes de ambas opciones les asistían por igual buenas razones para justificar su voto. Desde esta lectura, las expresiones racistas o de odio de clase que se han expresado no solo en espacios privados sino en las calles al amparo de la libertad de expresión y de huachafería pre-republicana (las banderas con la Cruz de Borgoño en manos de ‘jóvenes patriotas’, por ejemplo, superaron al besamanos de Vitocho al Rey de España de hace unos años) son manifestaciones que habría de comprender desde una perspectiva tolerante y democrática.  Claro, añadirán, no todos los que votaron por Keiko piensan de esa forma. Quisiera creer que es así y que detrás de ese voto primó más el miedo a poner en peligro sus seguridades económicas y no el miedo a que un cholo nos gobierne. Mientras sigo en mi etapa de deconstrucción con miras a ser mejor persona y planifico cómo reconciliarme con aquellos amigos de los que me he alejado en esta dura campaña pienso también en cómo deben haberse sentido muchos de ellos al ver de nuevo a Montesinos maquinando cómo liberar al Perú del comunismo una vez más. 

Muchas cosas se podrían decir del papel de los intelectuales en este contexto crítico; tal vez lo primero que habría que aclarar es qué significa serlo. En todo caso, aquellas voces lúcidas se requieren con mayor urgencia en estos tiempos, no solo para señalar la necesidad de pensar en los grandes problemas del país no resueltos a lo largo de toda nuestra historia republicana; sino para tomar partido en términos políticos por razones meramente pragmáticas: acabar con un problema puntual y cerrar un ciclo. Hay, creo yo, un temor a la equivocación que también paraliza; una curiosa exigencia moral de responsabilidad con la teoría en desmedro de una pragmática con la realidad social actual que implica costos -¡qué duda cabe!- que pocos quisieran correr.

El escritor Alonso Cueto escribió un artículo titulado “La nueva segunda vuelta”[1] en el que considera que frente a un Perú dividido en el que prima el ruido de la violencia de dos posturas políticas en conflicto, se impone tomar partido por el diálogo y no el suicidio. Muy de acuerdo; pero lo que se debe señalar también es que previo al diálogo (o en paralelo, si se quiere) se debe reconocer la realidad y aceptarla tal cual. El ruido político, al que hace mención el artículo de Cueto, que solo lleva “al desasosiego y la incertidumbre” de un escenario apocalíptico como en el que estamos instalados se origina por una de las fuerzas políticas en disputa y se replica por los medios afines a dicha fuerza. En otras palabras, no hay que confundir la naturaleza del ruido: hay uno monótono que sirvió de insumo para la elaboración de la ‘narrativa del fraude’ y que ahora juega en pared con la ‘estrategia del golpe lento’. La radicalidad del centro a veces es más intolerante que los opuestos que critica, pues lo que pone en tela de juicio es la realidad tal cual: hay un ganador y hay una perdedora que no quiere reconocer su derrota.

Tengo la sospecha de que el ‘centrismo radical’ ha sido el punto de vista desde el que se ha desarrollado, al menos desde el postfujimorismo de Alberto, la ‘narrativa republicana’ contemporánea sintetizada en el lema “Firme y feliz por la unión”. Dicha narrativa no desconoce los grandes problemas que doscientos años de ‘republicanismo’ no han superado y que son los principales impases teóricos de lo que implicaría ese ideal, como lo es, la igualdad ante la ley[2]. Dicha narrativa en sus diversas variantes ha servido de telón de fondo de cada nueva promesa política desde el chorreo toledista hasta el ‘centrista’ PPK (perdonen esta broma de mal gusto). Todos llegaron al poder con la promesa de una más justa redistribución en términos de equidad con el respeto irrestricto a lo que ahora se ha llamado ‘el modelo’ manejado por otro de los grandes protagonistas del Perú de estos últimos treinta años: el ‘piloto automático’. Hemos vivido pues los finales de una narrativa de falso republicanismo que ha sido funcional al status quo y a los grupos de poder dominantes.

Dos cosas finales sobre nuestros doscientos años de vida republicana. Si hay algo que hay que celebrar –a pesar de la situación dolorosa que nos ha tocado vivir no solo en este proceso electoral sino sobre todo en la pandemia que ha causado miles de muerte y evidenciado nuestras terribles desigualdades- es que no haya celebración. Sí, de las pocas cosas que me ha alegrado esta coyuntura es que las celebraciones por nuestros doscientos años de vida republicana se hayan ido al Luis Arce Córdova. Literal. A veces hay fiestas que son más divertidas cuando se las tumban. Y me explico brevemente en un ejercicio de historia política contemporánea contrafáctica, de esas cosas que algunos intelectuales juegan a imaginar para tratar de entender algo de la realidad: ¿Qué hubiera pasado en el Perú este 2021 sin pandemia? ¿Qué estaría sucediendo ahora mismo, junio 2021, en un país dentro de un mundo en el que no hubiera aparecido el covid? Probablemente estuviésemos ya cansados de las previas del 28 de julio, celebrando nuestra peruanidad con un cebichito interminable y nuestra inca kola a pesar de que ya no es de los Lindley, pero que combina con todo. Estaríamos expectantes de otro triunfo de la blanquirroja contra nuestro equipo B (el de Venezuela) para pasar a semifinales de la Copa América sin imaginarnos que hubiera algún chistoso que diga que se juega “el clásico Vladimir Cerrón”. (Esa pesadilla todavía no se habría inventado). Muchas actividades a teatro lleno televisadas por todos los canales y transmitidas directo en directo por RPP. Todos con nuestra escarapela sin escarapelarnos de miedo frente al comunismo. ¿Qué es eso? Probablemente la mayoría estaría celebrando o algunos aceptando resignados pero con optimismo (la esencia de la peruanidad) un nuevo gobierno de centro (derecha o izquierda, da lo mismo: centro es centro). En otras palabras, estaríamos a pesar de todos los retos u oportunidades (que ya no problemas) firmes y felices por la unión, el lema de nuestra vida republicana.

Pues eso no va a pasar. Eso ya fue.

Y no con ello quiero decir que no se le debe rendir un homenaje a tantos mártires del republicanismo que consideraron el proceso de Independencia una verdadera revolución[3] y lucharon por sentar las bases de un Perú inclusivo, a pesar de las criolladas de ayer, hoy y siempre. No. La doctora McEvoy homenajea a varios héroes republicanos como José Faustino Sánchez Carrión[4] quien, con todo su posible paternalismo se la jugó por sus ideales revolucionarios y por el “indio” (hoy para variar ninguneado hasta en sus votos). Y jugársela en nuestra incipiente República por esos valores al punto de morir por ellos es más heroico de lo que cabe imaginar sobre todo en estos tiempos en que la heroicidad es cuidar las formas, evitar ‘ofensas’, hablar bajito o simplemente mirar para otro lado para evitarse problemas.

Un país reconciliado (si es que alguna vez fuimos una verdadera nación) requiere una justicia previa y el respectivo perdón después del reconocimiento de nuestros propios errores, excesos o radicalizaciones. Para reconciliarnos tenemos que ser justos; pero dicha reconciliación va más allá de perdonarnos fujimoristas y antifujimoristas. La reconciliación es con las voces que ignoramos no en estos meses de campaña, sino con los que creíamos que no habría que escuchar a lo largo de doscientos años. Incluir, dar voz, tener la disposición de entender y tratar de hacernos entender, de tender puentes para un auténtico reconocimiento mutuo. Dejar que nos gobiernen, tener fe y comprometernos en trabajar juntos. Ser, en otras palabras, auténticos republicanos, como Sánchez Carrión, como los campesinos que han venido a Lima para defender sus votos, como los que a pesar del cargamontón de la Lima moderna votaron por Pedro Castillo y fueron hasta sus personeros, como la Generación del Bicentenario que salió en noviembre del 2020 para enfrentarse al golpe de Estado, como Inti, como Bryan, nuestros héroes.

Me corrijo entonces (es el riesgo de pensar las cosas más de una vez) si es verdad que hay algo que no voy a celebrar (una noción de republicanismo funcional a los intereses de los grupos de poder) sí hay algo que celebrar (disculpen mi optimismo, es un defecto difícil de superar): la posibilidad de una refundación de la República, de un papel más activo de las voces intelectuales en el debate público, de la defensa vehemente de nuestros principios y la capacidad de aceptar nuestros errores, de asumir con madurez que los cambios se logran luchando y que hay principios que en toda dinámica se deben respetar, por ejemplo, y como mínimo: reconocer que a veces se gana y a veces se pierde.

¡Feliz 28, si llegamos con vida!


[1] Cueto, Alonso (2021). “La nueva segunda vuelta”, en: Diario el Comercio del 18 de junio del 2021. https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/elecciones-2021-la-nueva-segunda-vuelta-por-alonso-cueto-noticia/

[2] La historiadora Cecilia Méndez desarrolla esta idea en su artículo: “Olvidos bicentenarios, democratización y racismo”, en: Diario La República, 21 de junio del 2021. https://larepublica.pe/opinion/2021/06/21/olvidos-bicentenarios-democratizacion-y-racismo-por-cecilia-mendez/

[3] Cfr. Méndez, 2021, en el que señala que no se resalta el espíritu revolucionario de la lucha por la independencia nacional.

[4] “José Faustino Sánchez Carrión y la república como destino”, pp. 163-175. En: McEvoy, 2021.

Créditos de la imagen: Aldair Mejía / La República

Escarabajos peloteros, élites pelotudas

Por Hernán Aliaga

Al hombre nacido en esa pequeña localidad de San Luis de Puña, departamento de Cajamarca, le quieren arrebatar el triunfo. Mejor dicho, no es que lo quieran, lo están haciendo. Cada día que pasa, la pataleta del establishment le desgrana pacientemente la victoria como a un choclo fresco.

Si se hace el intento de ver más allá del tejemaneje abogadil, desde el primer instante en que los esKarabajos peloteros de la mafia comenzaron a hablar de “serias irregularidades”, desconocieron resultados y deslizaron la posibilidad de fraude, se fue formando una  magnífica bola pestilente que hoy, a casi tres semanas del conteo rápido, no solo abrazan con devoción las élites –siempre prestas a apoyar cualquier detrito que juegue en pared con sus intereses de clase- sino una parte significativa del país (65% según Datum)[i], lo que fragmenta la enclenque confianza en las instituciones y mengua la legitimidad del futuro gobierno del profesor Castillo. Si se lo declara ganador como corresponde, al menos la mitad del Perú seguirá persuadida de que fue con malas artes.

Uno intuye que nuestras clases dirigentes podrán ser corruptas y avaras, racistas y prepotentes, pero han ido a los mejores colegios así que no tienen ni un pelo de tontas: saben lo que hacen, pero claro, igual lo hacen. Algo debe sugerirles que Ipsos, los veedores internacionales, las instituciones de la sociedad civil, los jurados electorales especiales, los especialistas en derecho electoral, la prensa internacional y hasta el departamento de Estado norteamericano les digan lo que no quieren escuchar, pero insisten. Por supuesto -pensamos- saben que no hubo fraude; saben que siempre se puede forzar legalmente el sistema para encontrar vacíos; saben que defienden lo indefendible. No, no es que en verdad le crean más a Hayimi o a Lourdes Flores que a la ONPE. Sospechamos que hay una trama que se urde, una mente falsificadora que le borda los bobos al calzón ¿Son o se hacen? Se hacen, por supuesto. Quieren ganar tiempo para que llegue el 28 y asuma Montoya; son unos zorros; todo es parte de una minuciosa estrategia; pendejos son.

Cierto aprendizaje callejero nos lleva a suponer que las clases altas son tan absurdas porque en realidad son cínicas. Maquiavélicamente cínicas. Mal que bien, la creencia representa una salvaguarda ante el atisbo de imbecilidad que tanto desprecio inspira al metacinismo popular. Podemos hipotecar la moral, pero jamás los refinamientos de la inteligencia. Malo, sí, pero cojudo, jamás.

Creo que debemos reconsiderar ese supuesto.

Obsérvese con atención: ni Meryl Streep actuaría tan bien la farsa. No, no se hacen, están verdaderamente persuadidos: ¡son!

¿No es dulce?

Lo sería si su estupidez no fuese nociva.

Solo entonces puede entenderse la fruición con la que se suman a la tersa pelota que empujan los coleópteros; los salmos responsoriales a la salud de la libertad y la democracia mientras muestran casual el saludo fascista; el acoso a las autoridades electorales; las teorías conspirativas; el clamor destemplado de fraude sin pruebas; los sesudos criptoanálisis; el desfile de castos mancebos con polos anticomunistas; la heroica cruzada contra el radicalismo vizcarrista, la izquierda sagastiana, el terrorismo mendocista y, claro, las loas a las Fuerzas Armadas, el megáfono a las Fuerzas Armadas, la exhortación a las Fuerzas Armadas en nombre de la libertad y la democracia.

Nuestras clases altas no se hacen, son.

La razón de ello creo que está menos en la sobreexposición a la cocaína, al sol de Punta Sal y al privilegio que siempre embota el cerebro y mucho más en el miedo de perder algo a manos del pongo. Seamos empáticos: el poder genera adicción y toda adicción atonta. De modo que no es solo en razón de sospechosas philias reproductivas a las que son adeptos, sino al bloqueo cognitivo que ocasiona el miedo real de que sus perros ya no desayunen Angus por culpa de un “serrano asqueroso”[ii]. Las razones estructurales pueden ser más complejas. Desde Sócrates hasta Arendt se pueden ojear las ínclitas formas de la conciencia enmohecida a punta de irreflexión. No son malvados, hacen el mal por ignorancia. Sí, las grietas educativas y los analfabetismos varios atenazan a los pobres, pero campean orondos al interior del saber gerencial de los de arriba. La unidimensionalidad del pensamiento gesta zombies con título universitario y MBA caracterizados por ciertos trastornos neurológicos que los vuelve insensibles a las diferencias entre una bola de chocolate o una de mierda como la que, con sus patitas picudas, moldea la mafia. Finalmente, como Eichmann, podrán escudar sus tropelías detrás de cierta estupidez involuntaria: “qué, ¿no era chocolate?” No son todos, desde luego, pero son suficientes y, con mucha frecuencia, tienen micrófono y pantalla. Desde viejos demoliberales, presentadores vociferantes en prime time hasta empresarios fascistas maldisfrazados a los que se puede encontrar orbitando los programas dominicales y sobretodo en la coleoptérica nave nodriza a la que llaman Willax. Sí, son tan tontos que hasta parece que están tramando algo.


[i] 50% de electores de Castillo y 85% de Fujimori consideran que existen indicios de fraude según DATUM.

[ii] La frase corresponde a Renzo Scerpella quien -junto a Sebastian Galliani y Alberto Parodi- exhibe con desvergüenza sus taras ante Castillo y sus votantes en unos chats de WhatsApp filtrados hace pocos días.

Créditos de la imagen: James Ensor, Entrada de Cristo en Bruselas (1888). Colección particular

“Es que tú no lo viviste”. O cómo no dialogar sobre nuestra situación electoral

Por Antonio Pomposini

En estas últimas semanas he escuchado esa expresión utilizada como argumento en el contexto de las elecciones presidenciales. La he escuchado hasta el cansancio y la verdad es que me parece un argumento pobre y poco conducente. Me parece un argumento que supone, en el fondo, la desestimación de la experiencia subjetiva de otros, consciente o inconscientemente.

Esta queja no va en busca de defender una posición política o la elección de un candidato sobre otro. La suerte ya está echada, cada quién ha tomado sus decisiones y, la verdad, encuentro motivos respetables para decidir por una u otra alternativa. Mi interés (idealista, destinado al fracaso, probablemente) es que podamos tener discusiones que enriquezcan el debate y nos ayuden a comprender mejor al otro.

En última instancia, en ello reside el valor de la democracia; en el diálogo. Lejos de culminar en la elección de representantes, este es el proceso a través del cual constituimos una comunidad y aprendemos a hacerle frente a los problemas que atraviesa. Entendido así, el diálogo no es secundario a la democracia, sino esencial. No podemos comprender nuestra sociedad únicamente desde nuestra perspectiva. Al contrario, al escuchar, percibir y buscar entender perspectivas distintas podemos llegar a soluciones más inclusivas. Esto parte siempre de un esfuerzo por comprender al otro.

En ese sentido, «es que tú no lo viviste» aparece siempre como un punto final, como una determinación absoluta de que el otro se equivoca porque carece de una intuición esencial. De que nada de lo que dice merece atención porque no sabe – no realmente- de qué está hablando. No hay nada que responder a ese argumento, es empleado para poner un fin abrupto a la discusión: No puedes decir nada relevante a este asunto desde tu posición. No tengo por qué escucharte.

Pero al mismo tiempo es una afirmación sumamente parcial, unilateral. Es cierto, yo y mis contemporáneos no vivimos la época del terrorismo. No vivimos el miedo que se sentía constantemente, el terror de los apagones, los vidrios reventar con las bombas, el tener que ver partir injustamente a seres queridos. Sin duda, no lo vivimos, así como tampoco vivimos los asesinatos por parte del Estado a campesinos y comunidades andinas inocentes. No vivimos el pisoteo a los derechos humanos por parte del gobierno de Fujimori, no vivimos las esterilizaciones forzadas, no fuimos desaparecidos de las universidades, acusados injustamente y enterrados en algún terral.

No vivimos ninguna de esas cosas. Pero quien empuña dicho argumento parece selectivamente querer olvidar algunas, haciendo énfasis solo en aquellas que experimentó más cercanamente y le afectaron más personalmente. Las injusticias del otro lado, esas que aquel no vivió y nosotros tampoco, esas no hay que tomarlas en cuenta, ¿cierto? No debemos suponer que solo las experiencias propias son las que valen y que las de otros, de esos otros, son insignificantes.

En última instancia, dicho argumento parece suponer que quien no ha experimentado un suceso en carne propia es incapaz de opinar de manera relevante al respecto[1]. Ellos no entienden, pobres, no saben lo que hacen. Qué ignorantes. Al mismo tiempo es profundamente inconsistente, dada la cantidad de opiniones que tiene, quien arroja esta expresión al aire, sobre millares de eventos que él mismo no presenció. ¿Y es que la historia no sirve de nada? ¿La educación no sirve de nada? ¿Somos, acaso, incapaces de aprender de los eventos del pasado? ¿Somos incapaces de enterarnos y hacer una evaluación crítica de lo sucedido?

Justamente entonces es que el diálogo viene al auxilio. Formamos una mejor comprensión de un asunto cuando, además de nuestra propia experiencia o perspectiva, escuchamos las de otros. Nos nutrimos de ellas, reconocemos nuevos aspectos o detalles que no habíamos notado, nos informamos mejor; reconocemos la complejidad del asunto. Lo sabio, justamente, es ir más allá de la propia experiencia para aprender a entender la del otro. Solo así tenemos una visión más sinóptica, una mejor capacidad para reaccionar a la altura de la situación. Buscar imponer la perspectiva individual como válida para todos no es sino la antítesis de esto; una simple necedad.

Esa es precisamente la virtud de cultivar un espíritu democrático: procurar un espacio para el intercambio de razones, donde podamos hacernos entender ante otros, pero también esforzarnos por entender a los demás, reconocer sus preocupaciones y recibir sus razones. Pero la actitud de quienes esgrimen la frase “tu no lo viviste” no hace sino socavar violentamente ese espacio discursivo. Para el terrorismo epistémico, somos eternos pulpines; no aptos para decidir por nuestra cuenta, no vaya a ser que decidamos algo distinto a lo que ellos piensan. No queda más. Pobres ignorantes. Si tan solo pudieran transmitirnos su iluminación de algún modo. Pero es que ellos lo vivieron, no nosotros, no hay más que hacer.

Basta ya. No hacen ningún favor, ni a su argumento ni al discurso público, empleando semejante tontería. Lo único que consigue es desestimar, no respetar, burlar la experiencia y la opinión ajena; tanto la del interlocutor como la de todos los ausentes.

Agradezco a Alessandra Oshiro y Rodrigo Oliart por su disposición y sus lúcidos comentarios que han ayudado a hacer de este un texto más claro.

Créditos de la imagen: Diario La Crónica


[1] Con esto, no pretendo sugerir que la experiencia propia no sea relevante en lo más mínimo. Todo lo contrario, habría que reconocer que la experiencia en primera persona habitualmente puede revelarnos aspectos que un recuento en tercera persona no captura del todo. Lo crucial aquí reside, en primer lugar, en la apelación a esa qualia inaccesible a los demás para evitar el diálogo y el intento de escuchar opiniones divergentes. En segundo lugar, el privilegio hacia la qualia o experiencia propia por sobre las ajenas.

El que calla, otorga. En torno a la imparcialidad, la moderación y la equidistancia en contextos de agitación política

Por Felipe Portocarrero O’Phelan

I

No han sido pocas las veces en las que, durante estos tortuosos dos meses y poco más de la campaña por conquistar la presidencia del Perú, los legítimos intentos por expresar visiones ponderadas y meditadas de nuestra realidad política han llamado a tomar una posición “equidistante” en la que, supuestamente, y cual tabula rasa, construyéramos, prácticamente desde cero, narrativas sobre los dos candidatos que entraron en contienda. Esto pues, la primera vuelta nos había revelado una realidad electoral fragmentada en la que la representatividad de cada candidato participante generaba dudas más que razonables sobre la posibilidad de lograr estabilidad durante el siguiente quinquenio.

El resultado, para muchos, fue una gran sorpresa. Fuera de los balances que se podrían hacer en relación con cada una de las 23 campañas, lo concreto es que al balotaje llegaron dos candidaturas. Por un lado, Pedro Castillo, el candidato que los medios del establishment acordaron en llamar de izquierda “radical”, en comparación con la izquierda “progresista” y más moderada; por el otro, Keiko Fujimori, la candidata a la que, aquellos mismos medios, calificaron como de derecha conservadora, haciendo el mismo ejercicio y distinguiéndola de la derecha liberal y la derecha ultraconservadora, como una especie de punto medio entre ambas. Hasta allí todo bien, un nombre desconocido versus otro bastante conocido. Asimismo, dos trayectorias de vida marcadamente distintas, sobre las cuales no entraremos en discusión en este momento, puesto que ya nos debemos encontrar saturados de la profusa cantidad de información que ha circulado sobre ambos.

Ahora bien, es cierto que, fuera de las etiquetas políticas, la primera vuelta nos dejaba un escenario polarizado desde un punto de vista ideológico, pero también una aguda crisis de representatividad entendiendo que se trataba de dos candidatos que, juntos, contemplaban a casi un quinto del electorado hábil para sufragar (aproximadamente 5 millones de peruanos). No obstante, en este intento de democracia liberal en el que vivimos desde la caída del fujimorato, en el que las elecciones generales y, por lo tanto, el derecho al voto, se han vuelto el paradigma de nuestra agencia política individual y colectiva, nos veíamos obligados (no en mi caso, puesto que mi voto fue definitivo desde la primera vuelta, pero pretendo ejercitar mi empatía con quienes veían con recelo a ambos candidatos) una vez más, a elegir el “mal menor”.

II

Habermas no se equivoca en su artículo “Tres modelos normativos de democracia” (1994) cuando señala que las democracias liberales contemporáneas proponen una noción de política que se construye en función de la competencia estratégica entre distintos grupos de interés formados por individuos, propiciando la lucha o, por ponerlo de otra manera, la competencia por posiciones que aseguren la capacidad de disponer, en mayor o menor medida, del poder burocrático, y que deriven en la aceptación ciudadana e individual, a través del sufragio, de una persona, un programa y una propuesta política. Los ciudadanos operarían individualmente en función de sus intereses privados, que les servirían de base para agruparse convenientemente con otros individuos que persiguen el mismo propósito y, así, poder materializar sus objetivos y ver realizados sus proyectos de vida.

Dicho así, las relaciones sociales en la esfera público/política operarían en función de una lógica de costo/beneficio, en la que mi vinculación con otros individuos estaría supeditada a dos condiciones: las distintas formas de capital (económico, social, cultural y simbólico) que podría adquirir, incrementar y acumular en el tiempo, y a la garantía de que tal asociación me va a permitir realizar lo antes señalado. La racionalidad de los individuos, los ciudadanos, en tanto potenciales agentes políticos, seguiría una secuencia similar, en la que la asociación a un determinado proyecto político y, por lo tanto, al candidato que lo representa, vendría por medio de la garantía de que aquellos intereses individuales se verían realizados o, al menos, representados. De esta manera, el ciudadano ejercería su voto individual y secreto.

No obstante, la realidad no titubea cuando se trata de desbaratar cualquier acercamiento teórico y racional a los fenómenos políticos, y eso es algo de lo cual no podemos escapar, aunque así lo deseemos. De manera que, si intentamos dar una lectura al fenómeno político de la segunda vuelta presidencial del 2021 utilizando el modelo normativo de democracia liberal antes planteado, podríamos encontrar la base para sustentar lo que podríamos denominar la “dimensión racional” y comprensible de la adhesión y voto por el candidato Castillo o la candidata Fujimori, en el que los distintos ciudadanos han encontrado representación y la posibilidad de que sus intereses sean salvaguardados. Esto, a mi parecer, tomó la forma de la idea de “cambio del modelo” que venía de la mano del candidato de la izquierda, por un lado, mientras que, en el caso de la candidata de la derecha, se trató de la “defensa del modelo”. Asimismo, esa “dimensión racional” incorporó las preocupaciones de una y otra orilla ideológica asociadas, sobre todo, a los vínculos del candidato Castillo y a los antecedentes, vínculos e historial político de la candidata Fujimori. Las decisiones surgidas como producto de la deliberación sobre el costo/beneficio que cada candidato traía consigo, de acuerdo a lo señalado hasta ahora, quedarían plenamente justificadas.

Lo llamativo de los fenómenos políticos en el Perú – sobre todo el fenómeno político-electoral – es lo lejos que se encuentran de lo que plantean con precisión los modelos normativos que, en general, se han planteado para las democracias en el mundo contemporáneo. Y es que parece que a la “dimensión racional” que hemos caracterizado, se le suma, y con mucha fuerza, una “dimensión anti-racional”, que se expresa en una exacerbación de los prejuicios, los miedos, la mentira, la descalificación, el insulto, en una palabra, la imbecilidad. A lo señalado, habría que añadir la mediocre cultura política de la mayor parte de ciudadanos, que no sabe ni quiere saber de conceptos ni de historia, y el pobre acompañamiento de los medios, los cuales deberían ser formadores responsables de la opinión púbico/política a partir de un verdadero ejercicio de la imparcialidad, cosa que ha estado muy lejos de suceder.

III

De manera que, en mi opinión, resulta imperativo preguntarse ¿equidistancia? ¿Equidistancia para pronunciarse sobre un proceso electoral plagado de racismo, clasismo y terruqueo provenientes, fundamentalmente, de uno de los “lados”? ¿Equidistancia para callar frente a medios de señal abierta (televisivos, radiales y de prensa escrita) vulgarmente sesgados, irresponsablemente parcializados y con escándalos de despidos y renuncias de por medio? ¿Equidistancia cuando la candidata Fujimori se ha dedicado a alimentar sin reparos los fantasmas de las épocas más oscuras de nuestra historia? ¿Moderación ante los fraudulentos pedidos de fraude, los maliciosos llamados a las fuerzas armadas y las furiosas exigencias por un golpe de estado venidos desde una derecha fermentada? ¿Tibieza frente a la hemorrágica circulación de fake news, montajes y editados, en su mayoría difundidos por la derecha que apoyaba a la candidata Fujimori? De ninguna manera.

Recordaba, pues, que la doctrina aristotélica del justo medio no nos hablaba de un justo medio geométrico, sino de un justo medio relativo a nosotros, al contexto, al fenómeno que exige de nosotros una toma de posición y una decisión. Un justo medio móvil, que responde a lo que la realidad evidencia en toda su amplitud. De manera que, si se trata de ejercer la equidistancia para expresarse sobre el acontecimiento político que acabamos de experimentar, pues resulta inevitable, una exigencia, a decir verdad, denunciar enfáticamente lo abyecto, la bajeza moral y la mediocridad del fujimorismo, de lo que representa y de lo que pretende, todo esto encarnado en la ya bastante triste figura de Keiko Fujimori. Esperemos que en el necesario espacio reflexivo que se tiene que abrir desde ya, no olvidemos lo que acaba de acontecer y la manera en cómo ha operado buena parte de nuestra derecha, para que así podamos resolver pedagógicamente, éticamente, un mejor destino para el país, pero también una manera más justa de ejercer la tan mentada “equidistancia”.

Créditos de la imagen: Aldair Mejia/La República

¿Estado de crisis, o crisis de Estado? Sobre democracia, poderes y resistencia en el bicentenario peruano

Por Rodrigo Maruy

Hace doscientos años nuestro país fue declarado libre e independiente. Hoy no festeja, sino que se arrastra sobre las ruinas de un presente maltrecho, quizás aún con algo de esperanza; no sin temor. Nuestro Perú recuerda todavía, pero la memoria es un cruento campo de batalla, donde impera quien miente, maquilla, reescribe, acapara, se achora, se burla y acusa Seguir leyendo «¿Estado de crisis, o crisis de Estado? Sobre democracia, poderes y resistencia en el bicentenario peruano»

El Marx mortal

Por Jeremy Adelman

A mediados de la década de 1860, mientras un ansioso y enfermo Karl Marx trabajaba en el ensayo de 30 páginas que se convertiría en Das Kapital, su hija Eleanor, “Tussy”, jugaba debajo de su escritorio. Con sus muñecas, gatitos y cachorros, Tussy convirtió el estudio del sabio en su sala de juegos. De vez en cuando, Marx se tomaba un descanso de su «libro gordo» (como Friedrich Engels, el amigo de la familia y mecenas, llamaba al creciente montón de páginas) para elaborar un cuento infantil y recitarlo a su hija. Seguir leyendo «El Marx mortal»

The Epistemology of Markets: A Conversation With Lisa Herzog

Conversación con Lisa Herzog (University of Groningen) sobre «The Epistemic Division of Labour in Markets: Knowledge, Global Trade, and the Preconditions of Morally Responsible Agency» y «Why Economic Agency Matters?», publicados en el 2020 y el 2019 (en co-autoría con Rutger Claassen), respectivamente.

Participaron en la discusión:

Gianfranco Casuso (Pontificia Universidad Católica del Perú)

Just Serrano (Universidad de Groningen, Países Bajos)

Susana Cabanillas (Pontificia Universidad Católica del Perú)

Alexandra Hibbett (Pontificia Universidad Católica del Perú)

Alessandra Oshiro (Pontificia Universidad Católica del Perú

Pueden encontrar los dos trabajos referidos en el siguiente enlace:

– «The Epistemic Division of Labour in Markets»: https://drive.google.com/file/d/1PCq5

– «Why Economic Agency Matters?»: https://journals.sagepub.com/doi/full

Destacado

Temor, temblor… y pandemia. Reflexiones desde el confinamiento

Por Gianfranco Casuso

En contra de lo que el título podría sugerir, no voy a hablar de Kierkegaard. Al menos no directamente. Eventualmente, sin embargo, podrían ir apareciendo algunas referencias generales a su obra a lo largo de la presentación.

TEMOR. En su forma más intensa, el temor no está referido a un objeto concreto, sino a la incertidumbre ante lo desconocido. Puedo sentir miedo a las arañas o a salir de mi casa porque pienso que podría ser víctima de un asalto o contagiarme de coronavirus. Pero el temor más radical se mueve en un registro distinto al de estos casos. Casi incorpora una dimensión adicional, porque no se refiere al miedo en relación a los efectos conocidos de algo que existe, sino más bien a la conciencia de no conocer (o no saber qué tan graves serían) las consecuencias que podrían derivarse de una situación. Yo puedo saber más o menos qué me depararía el hecho de contagiarme de COVID-19; puedo imaginarme una gama limitada de síntomas y padecimientos; puedo, en el peor de los casos, imaginarme que mi existencia podría terminar ahí. Pero otra cosa es desconocer la infinitud de posibles efectos futuros que una crisis generada por el virus podría producir. Esto me conduce ya no al miedo hacia algo concreto, sino a una forma extrema de angustia, que se acrecienta conforme más me veo sometido a tal situación. 

TEMBLOR. Referido al ser humano, el temblor es un movimiento repetitivo e involuntario. Involuntario en el sentido de no ser producido intencionalmente, sino como efecto de una causa ajena a la propia voluntad. Sus manifestaciones corporales, físicas, suelen ser el síntoma de un estado de angustia extrema, de incertidumbre, de temor ante lo desconocido.

Tanto en el caso del temblor como del temor que lo produce, la última salida es la resignación, la renuncia a seguir luchando por mantener un orden racional, ético, al que habíamos estado acostumbrados. Esta forma de temor angustiante ante el vacío, que genera un estado cognitivo de incertidumbre y un estado físico de estremecimiento, se muestra, así, como lo anti-ético (en el sentido aristotélico del término). Frente al habitual orden de normas, valores, principios y costumbres –es decir, todo aquello que guía nuestro comportamiento ya predispuesto a la obediencia–, el temor ante lo desconocido se presenta como una ruptura, como una apertura a las infinitas posibilidades que no fueron tomadas en cuenta al momento de decir: “esto o aquello es lo único correcto”. El mundo ético, conocido y articulado como es, nos permite precisamente poder distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. No cumplir con sus mandatos conduce a una penalidad. Esa penalidad nos es, nos tiene que ser, conocida. El miedo a un castigo conocido (humano o divino) es lo que guía nuestras acciones en el mundo, en ese mundo estructurado por normas (exteriores o ya interiorizadas). Así como el que sabe que al salir de su casa podría ser asaltado o contagiado –y sabe, por eso, más o menos a qué se expone–, así también el que incumple con una norma ética, sabe qué castigo podría recibir. Ese miedo (encarnado en la autoridad) lleva a la obediencia.

Pero esto no ocurre con el temor radical. Al ser este un modo de entrar en contacto con lo desconocido, no hay ni una norma clara o explícita que transgredir, ni unas consecuencias previsibles de las que recelar. No hay certezas. Ante tal indeterminación absoluta, el temor suele inclinarnos en un solo sentido: el de la resignación, el del abandono del mundo estructurado. Surge entonces la fe como último escalón para consolarnos por la pérdida de lo que creíamos ya conquistado: la fe como una forma de certeza indiferenciada que procede de la necesidad de llenar de un golpe el vacío ante una pérdida traumática. El temblor, ese estado convulsivo de alteración, puede detenerse, encontrando refugio en la fe ciega, abandonándose a lo indeterminado… Pero el sujeto afectado por esa sacudida, por ese shock fulminante, puede también, desde ese movimiento, producir nuevas cosas, siendo esta vez él mismo el agente, el creador, el que podrá reapropiarse de ese mundo ético paralizado y devenido caduco… Sobre esto hablaré más adelante.

PANDEMIA. Referida a nuestra actualidad, pandemia es la situación generada por la extensión de una condición patológica a toda una población o a muchas poblaciones distintas.

Con estos tres conceptos espero que, más o menos aclarados: temor, temblor y pandemia, trataré ahora de llevar a cabo el resto de las prometidas reflexiones desde el confinamiento.

Poco después de iniciada esta pandemia, fue frecuente observar un cierto brote de optimismo asociado al potencial de la crisis para generar lazos solidarios que superaran el natural egoísmo de los primeros días, aquel que llevó a acaparar bienes de manera irracional y a aislarnos físicamente como medida extrema de protección. Ante el panorama desolador –el temor, en el sentido ya explicado– de no saber quién sería el próximo, y constatar el carácter “igualitario” y hasta “democrático” del virus (como se le llamó), se comenzó a especular acerca de si esta nueva y sorpresiva igualdad no sería un buen punto de partida para una suerte de refundación del pacto social. Es decir, ante ese temor ante lo desconocido que nos hacía a todos potenciales víctimas y, por lo tanto, iguales ante el riesgo, y que nos ponía a todos en un estado de suspensión con respecto a la vida ética, podríamos construir algo distinto, ahora en términos más solidarios.

La idea no es nueva. Concluida la segunda guerra mundial y con media Europa devastada y hundida en la incertidumbre, de repente las antiguas jerarquías comenzaron a perder sentido dejando en su lugar a una, hasta el momento, poco tomada en serio noción de igualdad: igualdad en relación al desempleo, a la inseguridad, al riesgo que corría la propia vida ante un futuro incierto, pero compartido.

Lo que unía a las personas no era tanto el infortunio presente, sino sobre todo un mismo temor, una común incertidumbre frente a su destino. Podemos ir todavía unos siglos atrás para explorar esta idea. Hobbes, en el Leviatán, caracteriza al estado de naturaleza como la situación en la cual todos comparten un riesgo similar: si bien cada individuo tiende a satisfacer sus propios deseos y, para hacerlo, busca acumular poder, por más poderosa que una persona haya llegado a ser, la ausencia de límites legales hace perfectamente posible que sea vencida por un individuo más débil si es que este realiza las alianzas adecuadas y sabe aprovechar las oportunidades de manera prudente –habilidades que, para Hobbes, también constituyen formas de poder.

El contrato social surge, así, para garantizar la seguridad de los individuos, proteger lo que cada uno ha acopiado mediante sus actividades privadas y neutralizar la incertidumbre, la angustia y la amenaza –igualitariamente distribuidas, eso sí– que la carencia de leyes genera.

Muchos de estos elementos hobbesianos encontraron eco en la teoría de la justicia de John Rawls, mediante la cual el filósofo estadounidense, a inicios de los años 70, y poco antes de comienzo del declive del Estado de bienestar, comenzó a desarrollar su propuesta de fundamentación filosófica del Liberalismo político.

Una de las ideas básicas de Rawls es que, ante una situación de incertidumbre generalizada –aquello que el autor ilustra con la metáfora de un “velo de ignorancia”–, las personas que tuvieran que establecer ciertos principios políticos básicos de convivencia pacífica duradera, elegirían aquellos que los protejan en una eventual situación de desventaja social; esto es, establecerían medidas y regulaciones que puedan corregir las posibles circunstancias negativas que no han dependido de uno mismo, logrando, así, una forma de justicia más completa que aquella asociada a una deseable, pero poco realista, igualdad de oportunidades.

Esta idea según la cual el deseo de vencer la incertidumbre puede llevar a la fundación de instituciones de la solidaridad, aquellas típicamente vinculadas con los Estados europeos de bienestar, puede hacernos pensar en la situación social que la pandemia puso de manifiesto.

La ausencia de servicios de salud y educativos de calidad, así como de inversión estatal en ciencia y tecnología de repente comenzó a ser vista no ya como la condición necesaria para el florecimiento individual según la tesis libertaria de que uno y solo uno es gestor de su propio destino, sino como un importante obstáculo social –creado y, por lo tanto, reversible– que impide tener mejores soluciones a problemas cuya aparición, en su condición de fenómenos naturales, parecía, en efecto, no haber sido responsabilidad de nadie.

Tenemos, pues, dos principios en conflicto aparente.

Por un lado, aquel principio basado en la creencia de que las normas e instituciones de un Estado pueden orientarse a algo más que la protección del egoísmo privado, y comprometerse, así, con la búsqueda y realización de metas colectivas –para lo cual la salud y la educación deben estar universalmente garantizadas y el desarrollo científico en todas sus áreas debe ser prioridad. Es en este sentido que el carácter “igualitario” del virus permitió pensar por un momento en la desnuda vulnerabilidad natural a la que todos, sin excepción, resultamos estar sometidos. Situación que se vio agravada por causa del desinterés y la desprotección estatal.

Pero, por otro lado, en contraste con esto, se manifestó también con fuerza un segundo principio. Uno que encarna la aún consolidada creencia de que la autonomía y la libertad están vinculadas solo con la capacidad de autogestión, así como el éxito y el infortunio lo están con la responsabilidad individual por las propias decisiones. De aquí resulta la extraña campaña del gobierno que busca dar una renovada apariencia a la vieja tendencia libertaria de responsabilizar al individuo por todo lo bueno o malo que le ocurra. Una campaña que está fuertemente afianzada en las creencias de que solo el esfuerzo personal puede lograr superar cualquier contingencia, que la vida está solo en manos de cada uno, que ante la ausencia de normas, planes e instituciones para enfrentar contingencias naturales, solo queda la reclusión.

Este nuevo estado de naturaleza en el que la incertidumbre parece ser lo más equitativamente distribuido podría, como algunas voces han clamado, llevar a reconocer la necesidad de principios de solidaridad que trasciendan la ficción del individuo dueño de su propio destino.

Pero el bloqueo ideológico es muy fuerte y continúa tirando en el sentido opuesto: en dirección a la consolidación de la idea de que para progresar y superar crisis, no se requieren derechos laborales, servicios de salud eficientes, funcionarios capacitados y políticamente independientes o educación de calidad ligada a una fuerte inversión en investigación científica y humanística, algo cuyos frutos a largo plazo escapan de la visión reducida de la lógica inmediata del emprendedurismo.

En este actual estado de naturaleza en el que nos encontramos ha continuado primando el sueño del negocio propio, la búsqueda inmediata del éxito personal, aquel éxito del que puede hacerse rápida y vulgar ostentación, así como continúa primando también el ideal de la autogestión individual como el único instrumento para salir de la crisis. Esperemos y veamos a dónde nos conducen estos ideales esta vez….

Hay, sin embargo, una falsa… en realidad, una perversa nueva solidaridad que sí que parece estar construyéndose. Me explico. No ha sido extraño que en el trabajo se haya apelado, de modo exacerbado, a la necesidad del esfuerzo adicional, al trabajo extra que las actuales condiciones demandan, al sacrificio en beneficio del todo. La premisa es que si todos estamos en las mismas circunstancias de riesgo generadas por la pandemia, cada uno de nosotros, individualmente, tiene que esforzarse el doble, porque así todos saldremos adelante. Pero ese todo no es uno que apunte al bien común… no es uno que exija un esfuerzo por construir instituciones sólidas que apuesten por la salud y la educación. Ese todo le pertenece solo a algunos.

Entonces se nos pide trabajar más, “ponerse la camiseta” para sacar adelante a la empresa… o a la universidad o donde sea que trabajemos. Pero este razonamiento, solo en apariencia válido, es engañoso. Porque, aunque se nos quiera hacer creer, una vez más, que todos estamos en las mismas, la verdad es que las desigualdades de toda la vida no se han eliminado. Al haberse mantenido las bases del egoísmo que llevan a la autoexplotación como única forma de progreso, las cargas y obligaciones resultan estar muy mal distribuidas. Todo sigue igual, solo que al trabajador más humilde se le exige más trabajo por el mismo sueldo… y todo en beneficio de la “camiseta”. Pero esa camiseta ni le ha pertenecido antes, ni le pertenece ahora. Se trata de una solidaridad artificial, impuesta a la fuerza sobre una supuesta igualdad frente al infortunio. La verdad es que ahora hasta la solidaridad ha terminado al servicio del mantenimiento de las desigualdades.

Hay todavía temor, no ha dejado de haber tampoco un temblor constante, y la pandemia parece que también persistirá. Pero ese temor irá disminuyendo para aquellos que puedan cumplir el sueño americano de las vacunas, su temblor se calmará y solo quedará la pandemia que amenaza a los demás. Aquellos que ya no tiemblen más –porque pueden permitírselo– dejarán entonces de necesitar esa apertura hacia las infinitas posibilidades, hacia el cambio, volverán al mundo ético de siempre, a las normas, principios y costumbres de toda la vida, aquellas que siempre los beneficiaron. Y la oportunidad se habrá desperdiciado. Y a los demás, a la mayoría, como siempre, solo les quedará la fe como última etapa de la angustia y el temblor.

Créditos de la imagen: James Ensor, El hombre y la máscara

El presente texto es una versión ampliada y revisada del artículo «Pandemia: incertidumbre, solidaridad y responsabilidad individual», publicado en la Revista Ideele (https://www.revistaideele.com/2020/10/22/pandemia-incertidumbre-solidaridad-y-responsabilidad-individual/). Esta nueva versión fue presentada en la edición de La Noche de la Filosofía de 2021.

Chile y los desafíos de la democracia

Por Camilo Sembler

Dentro de unas semanas, Chile vivirá una de las elecciones más importantes de su historia política cuando se elijan 155 representantes (elegidos bajo criterios de “paridad de género” y con cupos reservados para pueblos originarios) que asumirán la tarea de deliberar una nueva carta constitucional que, posteriormente, deberá ser sometida a votación popular para su ratificación. Seguir leyendo «Chile y los desafíos de la democracia»